La primera vez que los ciudadanos recibieron en sus móviles el desagradable pitido de una alerta fue hace tres años en Madrid ante el riesgo de inundaciones por una dana. Resultó que la tormenta no descargó en el centro de la capital como auguraban las predicciones (se desvió hacia Navalcarnero), y enseguida surgieron las críticas. Los más liberales lo consideraron una invasión de la privacidad, mientras que la izquierda se mofó del apocalipsis anunciado por el gobierno madrileño. Con la tragedia en la Comunidad Valenciana un año después, cuando la alerta llegó a los móviles demasiado tarde, cuando ya habían fallecido muchas de las 230 víctimas de aquel episodio, las ganas de chanza se desvanecieron por completo. Los ES-Alert siguen suscitando polémica, pero ya están aceptados.
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